jueves, 10 de enero de 2013

La impunidad


La impunidad

Los hechos probados: varios dirigentes de Unió Democrática de Catalunya robaron de los fondos europeos para financiar ilegalmente el partido. Fueron varios cientos de miles de euros de una partida para formación de desempleados catalanes. Por ser aún más claros: Unió robó el dinero a los parados. El caso se ha pasado 14 años enredado en los juzgados y, tras esta eternidad, ninguno de los acusados, hoy confesos, han acabado convictos: todos ellos se librarán de la cárcel porque las condenas son inferiores a los dos años. Unió devuelve el dinero y aquí paz y después gloria. Y el que diga lo contrario es un enemigo de la patria catalana.

Por supuesto, el que entonces ya era presidente del partido que robó a los parados sigue ahí, como si nada. Duran i Lleida no pide perdón ni se da por aludido ni mucho menos renuncia al cargo. Ni siquiera ha dicho nada desde que se supo que Unió admitía el delito y devolvía la pasta. La cosa no va con él, a pesar de que en su momento aseguró que dimitiría si se probaba la financiación ilegal de su partido,  que esto era una "campaña política para desacreditarlo". ¿Somos todos esclavos de nuestras palabras o esto no cuenta para los que duermen a diario en el Hotel Palace?

Pero que Duran siga de portavoz de CiU en el Congreso como si nada, dando lecciones de ética a los jornaleros andaluces, no es lo único escandaloso de este caso. Tan preocupante es la generosidad de la fiscalía al ofrecer esta dignísima salida a los corruptos, un pacto que evita a Unió consecuencias aún más graves. Entre bomberos no se pisan la manguera y, además, la U de CiU es el interlocutor del Gobierno ante la Generalitat; tal vez esto también explique esos indultos a otros corruptos del partido de Duran i Lleida hace no tanto.

El mensaje para los ciudadanos es, una vez más, insultante: otra gota más en un vaso cada día más cerca de ser colmado. La corrupción política queda de nuevo impune: es un juego de la oca donde los corruptos pueden acabar con una sentencia suave, con un pacto favorable, con el delito prescrito, con un defecto de forma o con un indulto. ¿Condenado y en la cárcel? Rara vez. Esto es España.


Cartografía de los gritos y el silencio

Las reacciones de los grandes partidos políticos ante el escandaló en Unió dan para un mapa: el de algunas alianzas del poder. A través de ellas, es sencillo seguir algunos pactos, algunas complicidades y algunas hipocresías también.

Desde el Partido Popular, para empezar, se juega a todo a la vez: mientras el PP catalán pide la cabeza del presidente de Unió, el Gobierno de Rajoy calla, que por algo Duran i Lleida es un gran interlocutor y una cuña frente al soberanismo de Artur Mas. De poli malo solo ataca a las claras De Cospedal.

El PSOE, mientras tanto, guarda una extremada cautela ante este escándalo; es una prudencia institucional que alguien debería explicar. Su secretario general, Alfredo Pérez Rubalcaba, dice "comprender" la indignación por lo de Unió, pero prefiere hablar del sueldo de María Dolores De Cospedal

Y como guinda, la funcionaria con más tiempo libre de toda España, Esperanza Aguirre, pide también la dimision de Duran al demostrarse la financiación ilegal de su partido. Tiene gracia que esto lo diga la política cuyas campañas electorales patrocinó en 2003 Gerardo Díaz Ferrán con generosos "donativos" a Fundescam.

miércoles, 9 de enero de 2013

El desprecio de la politica

El desprecio de la política actual

Cada día uno o varios atropellos más, cada día uno o varios despropósitos verbales más. Con risa sin contener, nos cuentan que aprueban “los presupuestos más sociales de la democracia” y lo peor es que en efecto dan vía libre a unas cuentas pero son las más antisociales jamás conocidas. Al menos, desde que esto lo deciden las mayorías electas de Las Cortes. No nos engañemos –si alguno aún lo hace-: en el Parlamento no hay debate, hay exposición de argumentos propios, rodillos de mayorías y protestas de la oposición. Y, mientras, el rosario de graves ofensas de los políticos a la inteligencia de los ciudadanos deja tan atónito que cuesta elegir qué o quién la agrede más.

Como un ejemplo entre cientos ya, los presupuestos. Para saber cuánto merma la inversión en la sociedad (ya está bien de llamarlo malintencionadamente “gasto”) a cambio de sus impuestos, no hay sino mirar las diferentes partidas. Se da un tajo serio a servicios esenciales como sanidad, educación o empleo, a la ciencia, a la cultura, al progreso. Y éste se añade al ya practicado en los de 2012. Cierto que el PP dispone de una chistera estupenda para sacarse nuevos baremos de cálculo -lo ha hecho también en el cómputo del IVA-, pero las habas son las que son. Al Gobierno le gustan las cifras limpitas, maquilladas y presentables, el plato ofrece, sin embargo, la realidad del montante total y cómo se reparte.

Los medios nos cuentan lo que han dicho fulano, mengana y zutano. Acuden a los representantes de los partidos en la oposición que, mire Vd. qué raro, contradicen absolutamente al Gobierno. Solo que tienen razón: los presupuestos van contra la sociedad y son irreales con lo que seremos nosotros quienes paguemos en sangre y en hambre (de todo tipo) el presunto error. El ciudadano esta vez no tiene ni que elegir al político que más “le gusta” –de hecho, apenas le gusta ninguno-, experimenta en su vida los efectos de la afilada tijera. Y se entera.

Los ciudadanos empiezan a saber mucho más de lo que creemos, mucho más que hasta hace bien poco, lo que les afecta. El desprestigio de lo se ha venido en llamar “la clase política” alcanza cotas jamás imaginadas. Con el peligro que tal circunstancia entraña para la democracia. Y los afectados, nuestros representantes, parecen vivir en el Olimpo. ¿Es así realmente? En parte sí, en parte no.

Es injusto meter en el mismo saco a todos los partidos. De esta forma, el PP ha logrado que ahora se culpe “a los políticos” de la situación, cuando antes las responsabilidades eran solo del Gobierno de turno. Eso, al parecer, todavía no lo disciernen los ciudadanos. Pero lo cierto es que no salimos del bucle. Seiscientos mil gallegos y pico han “avalado” las políticas de Rajoy para toda España, o eso dicen los populares. Ha bajado el porcentaje de apoyos, pero ahí está el resultado. Del mismo modo, muchos más ciudadanos en otras comunidades, en el gobierno central y en el Parlamento europeo dieron sus votos al PP en anteriores confrontaciones electorales. El agravante ahora es que los gallegos habían experimentado durante cerca de un año los recortes y renovar la confianza en el gobierno que los practica es un caso inédito en el mundo.

Una y otra vez, buscan salida en “el otro”. Y ahí tenemos al PSOE como un caracol que cargara una cáscara-hogar de cemento que le impide moverse, como no sea dando vueltas sobre sí mismo. Son mucho más activos los partidos con representación minoritaria aunque también padecen de un cierto paquidermismo, cuando no de populista oportunismo. Seguimos en el bucle: la política es la solución, pero la política no funciona. No funcionan los políticos, en realidad.

La evidencia nos muestra –y ése es el grave problema- que los políticos no necesitan el consenso social, no nos necesitan. Clamó el 95% de la población contra la invasión ilegal de Irak y José María Aznar no movió un músculo. Salió media España a la calle en el 15M pidiendo más participación, y apenas hubo cambios en el PSOE. Más aún, ganó el PP las generales. Podemos desgañitarnos contra las políticas antisociales, ineficaces y conducentes a un caos en barrena –cuyo fin ni se vislumbra- que se nos aplican y solo nos ofrecen el diálogo de las porras, las multas y la cárcel. Si un 10% de los votantes se inclina por un partido para que gobierne y prácticamente el resto se abstiene, tiene más valor en la práctica que la crítica del otro 90% si se diera. La ley electoral, el sistema, está así organizado. 

Por eso, solo necesitan hablar para su grupo de incondicionales, conocerles y saber que “entenderán sus medidas” y que, en efecto, creerán que éstos son “los presupuestos más sociales de la democracia” o cualquier otra boutade, que sufrirán en silencio “como dios manda” lo que les echen, porque así “saldremos de la crisis”, que ni siquiera les vinculan las promesas del programa electoral. Como las estrellas del arte, actúan para su público y solo necesitan unos pocos votos más que su principal oponente. La degradación que ellos mismos han hecho de la política, la ínfima calidad de buena parte de sus representes, propician esta situación.

¿Y quién rompe ese bucle? Nosotros, no contamos con mucho más. Seguimos en la eterna dificultad de concluir en reflexiones y hechos los impactos que padecemos. Es descorazonador ver cómo las diarias listas de agravios se meten en el saco de la estupefacción sin más. Es como si nos hubiera caído encima una enfermedad incurable o un pariente desequilibrado que nos agrede y hay que sobrellevar con resignación. Venga, otra tropelía más. Se nos caen los ojos de las órbitas, los recogemos, y a esperar a la siguiente. Los atropellos que traen las noticias, las insistentes estupideces con las que nos bombardean, son reales y tienen consecuencias. Su sitio no es la pared de los desafueros para llorar un poco al mirarla. Están destrozando nuestras vidas. 

Se trata, en primer lugar, de reconducir el proceso del razonamiento. Informarse, relacionar datos, reflexionar sobre ellos, sacar conclusiones y actuar. Sin esa elemental herramienta -ahora tan infrautilizada- somos mucho más vulnerables. De inducir que otros se decidan también a usar su cabeza. De añadir a la tarea a los políticos decentes y lúcidos que apuesten por operar el cambio drástico que se precisa. Y, luego, exigir responsabilidades, buscar argumentos legales, sumar apoyos y romper de una vez este nefasto círculo enfermo –anquilosado, endogámico, incapaz, inepto, alejado de la realidad y de la gente- que está dañando la democracia. Este ordenamiento sociopolítico está colapsando, apelemos a la razón, a la lógica, para buscar salidas antes de que se desaten otras más indeseables aún. Nadie se queja de la política -todo lo contrario, se la ve como tabla de salvación-, se queja de esta política.

domingo, 6 de enero de 2013

La justicia según los griegos

Sócrates y Trasímaco.
     
En el libro I de La República de Platón (427- 347 a C.) aparece un diálogo entre Sócrates y Trasímaco, orador y maestro de retórica. En el texto, Trasímaco mantiene que la Justicia es el medio del que se vale el que manda para obtener provecho del que obedece; la justicia no es otra cosa que lo más conveniente para el más fuerte, el cual consigue que los dominados asuman como propios los valores y propuestas del dominador; es decir el poderoso hace pasar por contenido ético de Estado sus propios intereses. Sócrates, sin mostrar desacuerdo con esas afirmaciones, matiza que, en ocasiones, la voluntad del más fuerte transformada en Derecho es de imposible cumplimiento por el autor y beneficiario de la situación.

He aquí dos posiciones que mutatis mutandi están presentes en la España de nuestros días, la una como hecho evidente y diario y la otra como guía para la acción por parte de la izquierda o por parte de quienes quieran cambiar este estado de cosas.

Cuando la calle y muchas organizaciones políticas y sociales que se sitúan en el campo de la izquierda asumen conceptos como el mercado, la competitividad o el crecimiento sostenido como únicas vías para producir empleo y alcanzar un estado de satisfacción de las necesidades básica no hace otra cosa que hacer buenas las palabras de Trasímaco. Es muy corriente escuchar en la calle o en tertulias de variada condición que la responsabilidad de lo que está pasando está originada porque “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Tampoco es extraño leer en pretendidas sesudas editoriales que el Estado de Bienestar es imposible de mantener debido a sus altos cos- tes. No falta quien declara de manera altisonante que la prestación de los servicios públicos es más eficiente cuando lo hace la iniciativa privada. Y ni me estoy refiriendo a palabras pronunciadas por políticos o intelectuales orgánicos del sistema sino por ciudadanos corrientes y molientes que abducidos por el discurso oficial defienden directa o indirectamente la sumisión o cuando mucho entran en la descalificación de los políticos como autores únicos de los desaguisados y desarreglos.

Cuando el ministro Wert confiesa paladinamente que la religión en la escuela es una opción política o cuando afirma categóricamente que no pretendo que la educación sea un mundo al margen de la ideología no sólo está desmontando el discurso tramposo del fín de las ideologías tan usado por la derecha sino que señala a cierta izquierda progresista algo que ésta ya había olvidado. La ideología es el conjunto de valores e ideas que vertebran una conducta social; es in separable de la acción y de la vida cotidiana y por ende de la Política.

La conclusión es clara debemos retomar los valores, los principios, los hábitos, las grandes palabras y los grandes conceptos ligados a nuestros proyectos y en consecuencia hablar sin miedo del reparto del trabajo y de la riqueza, del vivir de otro modo para que todos podamos vivir, de la honestidad personal como base irrenunciable de la honestidad política, de la abolición de la obsolescencia programada, de la obligatoriedad militante de realizarse culturalmente, de la curiosidad por saber y conocer y de la laicidad en todos los ámbitos de la vida, y no me refiero solamente a la laicidad como contraposición a lo religioso. Quiero decir sin ambages ni circunloquios que el reforzamiento ideológico-cultural en nuestras filas es, en todas las épocas pero en esta especialmente, es la base sin la cual no hay militancia ni capacidad de movilización. La movilización es algo más que la algarada.

El combate de cada día contra la derecha y los que piensan y actúan en derecha, no puede ser siempre frontal ni enrocado en consignas más ruidosas que sugerentes para la gran masa. Cuando Sócrates plantea que a veces el poder no puede cumplir su propia legalidad pareciera que está hablando de los gobiernos habidos en España y especialmente el actual. Con la Constitución actual en la mano, por no decir con la Declaración de DDHH, el Gobierno está fuera de la Ley. Esa es una circunstancia que debemos aprovechar con inteligencia, rotundidad y con más frecuencia. Situar al adversario fuera de la ley que dice representar y defender, es buscar la deslegitimación y descalificación del mismo ante esa opinión pública, e incluso publicada. Reparen los lectores en el reduccionismo que se está haciendo con la Declaración antes citada; léanla y observarán como a partir del artículo 21 desaparecen todas las referencia en discursos, editoriales y tertulias.

Si conseguimos que ante la mayoría social (la que nos interesa) quede demostrada la falta de legalidad y legitimidad del Gobierno y los poderes a los que sirve habremos empezado a socavar el andamiaje tramposo al que se refería Sócrates.

jueves, 3 de enero de 2013

Ejemplo a seguir

A fin de iniciar el año con alguna nueva estimulante acerca de la condición humana, me quedo con una referencia al presidente de Uruguay, José Mújica, de quien hace algo más de un mes leí una interesante información publicada en la BBC bajo el titular Cómo vive José Mújica, el presidente más pobre del mundo. El reportaje del prestigioso canal británico se iniciaba en una zona rural de Montevideo, donde sigue residiendo el primer mandatario de aquel país, ajeno a las ínfulas y prebendas de su cargo. Contaba el periodista que la primera panorámica de la casa permitía distinguir la ropa de Mújica y de su esposa, Lucía Topalansky, tendida al aire de la mañana de la primavera austral. El presidente estaba sentado a la sombra, a la entrada del portalón, vestido con un pantalón de algodón, polo y chaqueta deportiva. Le acompañaba Manuela, una pequeña perra con la pata amputada:

“No tengo religión, pero soy casi panteísta: admiro la naturaleza”, dice durante una larga conversación exclusiva con BBC Mundo. “La admiro casi como quien admira la magia”. Suena un teléfono y Mujica saca del bolsillo un viejo celular plegable, atado con una banda elástica. La banda se rompe, pero el presidente le hace un nudo mientras habla. Y vuelve a colocarla alrededor de su móvil. “No me disfrazo de presidente y sigo siendo como era”, comenta. Su imagen no encaja necesariamente con la de un jefe de Estado del siglo XXI. No usa Twitter ni correo electrónico y en su tiempo libre se dedica a cultivar flores y hortalizas. Dona casi 90% de su sueldo para caridad y según su última declaración de bienes tiene con Topolansky un patrimonio de unos 200.000 dólares: la chacra [granja], dos viejos autos Volkswagen “escarabajo” y tres tractores.Es un estilo de vida que no ha pasado desapercibido en la prensa internacional y las redes sociales, que lo han llamado el “presidente más pobre del mundo”.

Si hago esta referencia es porque, a raíz de la grave enfermedad que afecta al presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, operado hace casi un mes en la Habana, no han dejado de desatarse los rumores más adversos acerca de su posible recuperación, entre los que se llegó a especular con la posibilidad y hasta la certidumbre de su muerte. Esta burda, interesada e indigna campaña mediática -fomentada por sus adversarios políticos-, como la que acompañó a la recuperación de Fidel Castro hace seis años y dio por fallecido repetidas veces al líder de la revolución cubana, contrasta con las palabras que José Mújica ha dispensado recientemente a su colega venezolano.

Pepe, como los uruguayos llaman a su presidente, tras reconocer el papel que Chávez está desempeñando en la región, ha sido muy breve y sumamente explícito: “Yo todavía no he podido creer en Dios, pero si tan importante señor existe, espero que le dé una mano a los pobres de América Latina defendiendo la salud del Comandante”.

domingo, 30 de diciembre de 2012

La planificación y desmantelamiento de la sanidad publca

Planificar y desmantelar la sanidad publica 

A los puntos más llamativos y escandalosos del plan de privatización contenido en el proyecto de Presupuestos de Madrid, que añadir un paquete de medidas, igualmente graves, que configuran recortes dirigidos a los centros sanitarios públicos tradicionales, entre las que podemos citar:

- Recorte presupuestario medio del 16,2% para los hospitales del modelo tradicional (para algunos hospitales como el de Alcalá llega al 24%), que se suma a los recortes sufridos los 2 años anteriores.

- Recorte de un 68% para el presupuesto de infraestructuras y equipamientos sanitarios y de un 31,8% el de inversiones reales.

- Disminución del 26% en el presupuesto de Planificación Sanitaria y de un 37% para la Promoción de Salud.

- Disminución del presupuesto para Atención Primaria de un 7,06%, que ya había descendido en 2012. Cierre de Servicios de Urgencia de AP.

- Disminución del presupuesto para el Plan Integral de Listas de Espera de 15%.
Todos estos recortes tendrán una importante incidencia tanto sobre el personal sanitario (reducción de plantillas, disminución de retribuciones, etc.) como en infraestructuras, con indudable resultado en el deterioro rápido de la calidad, aumento de las listas de espera, etc.

Paradójicamente al lado de estos recortes para los centros públicos, el presupuesto para centros privados contempla un crecimiento del 4% (como si no hubiera crisis).

En definitiva el “Plan de Medidas de Garantía de la Sostenibilidad del sistema Sanitario Público de la Comunidad de Madrid” reflejado en el proyecto de presupuesto sanitario para 2013, supone un salto cualitativo y cuantitativo importante en el camino privatizador del gasto sanitario público, que se acompaña de un deterioro planificado de la infraestructura sanitaria pública tradicional.

El camino comenzó hace años en la Comunidad de Madrid, con el primer gobierno de Esperanza Aguirre, con el intento planificado de deteriorar la imagen de los hospitales públicos tradicionales (el caso Leganés), seguido de la apuesta por una desorbitada construcción de hospitales a un carísimo costo (modelo PFI), los planes de derivación de pacientes a los centros concertados para achicar listas de espera, etc. En esta línea encaja alguna de las piezas como el tema del Área Única y la libre elección, que no se ha desarrollado prácticamente en el aspecto de facilitar la libre elección, pero que facilitará tras- lados masivos de personal entre hospitales, ajustes de plantillas y entrega de centros públicos al capital privado.

No se puede afirmar que el aumento de ritmo privatizador para 2013, que promueve el gobierno del PP en la CAM, sea una salida del contexto general como afirman ciertos analistas sanitarios. Las medidas presupuestadas en Madrid son de similar calado a las promovidas por el gobierno de Rajoy con el RDL 16/2012, y cuyo verdadero desarrollo conoceremos en las próximas semanas, cuando el Consejo Interterritorial del SNS apruebe los recortes de prestaciones tras el traslado de prestaciones de la cartera de servicios básica, a las llama- das accesoria y suplementaria (se anuncian copagos en ambulancias, en medicamentos de dispensación hospitalaria, en pruebas diagnosticas de genética y cribados, tratamientos rehabilitadores, productos ortoprotésicos, etc.). Ambas iniciativas responden a dos ámbitos de competencias administrativas distintas, pero van en la misma línea y persiguen los mismos objetivos de destruir el sistema sanitario público y desdibujar el derecho a la atención de la salud. En los próximos meses veremos la concreción de nuevos planes de privatización y demolición de los centros sanitarios públicos de otras CC.AA. (Castilla-La Mancha, Murcia, etc).

La respuesta ciudadana: las movilizaciones contra la privatización sanitaria de Madrid
Uno de los elementos que está caracterizando el proceso de privatización del sistema sanitario de Madrid, es la importante contestación que ha generado, el llamado “conflicto sanitario” en el que se observa un salto cualitativo en la respuesta ciudadana y profesional, que amenaza con extenderse a otras zonas del estado. Da la impresión que han entendido mejor la gravedad de la operación privatizadora en marcha, los ciudadanos y los profesionales sanitarios, que ciertas cúpulas sindicales.

Los ciudadanos han entendido perfectamente el órdago privatizador del PP y una parte importante de los mismos se han puesto del lado del modelo público tradicional. De otra forma no se puede entender la masiva respuesta ciudadana a las acciones en la calle, “convoque quien convoque”. La respuesta masiva a las llama- das marchas blancas o a convocatorias como la de “abraza tu hospital” indican un hartazgo importante de la población y su clarividencia ante los intentos privatizadores.

La movilización de los profesionales y sanitarios tiene su sentido porque las medidas afectan de forma importante al personal sanitario de los centros, que va a sufrir despidos, traslados y recortes de plantillas, así como precariedad progresiva y deterioro planificado de su entorno laboral. La importante e imaginativa respuesta, de rotunda oposición a las reformas privatizadoras, por parte de los profesionales, se debe sin duda a que el sistema sanitario público español ha conseguido un importante vínculo de fidelidad de estos profesionales hacia el dispositivo sanitario creado, que tiene su base en las aceptables y dignas condiciones profesionales desarrolladas dentro del sistema, pero también en la creciente grado de feminización entre los profesionales sanitarios, feminización poco inclinada al pluriempleo y al comportamiento poco ético que ofrece la alternativa privada.

Uno de los problemas que plantea el movimiento sanitario de oposición a las medidas privatizadoras, es quizás su distinta comprensión sobre la naturaleza y el alcance del órdago que está planteando el PP. La dirección del movimiento la están hegemonizado los médicos (perdón, las médicas), como resultado de la habitual tibieza sindical dentro del ámbito sanitario público, y se ha articulado a través de una res- puesta de máximos (huelga indefinida), posiblemente sin calcular la enverga- dura de la apuesta que está realizando el PP, lo que puede conseguir concesiones menores a corto plazo (retirada de medidas como el copago del euro por receta, o la trasformación geriátrica del hospital de La Princesa), pero sin desviar en lo fundamental el camino privatizador. La inexperiencia del actual movimiento de los médicos, protagonizado por el nuevo sindicato que agrupa especialistas médicos (AFEM), ha hecho no solo que inicie el proceso de oposición con medidas como la huelga indefinida, sino que ponga gran parte de la fuerza alcanzada en manos de los Jefes de Servicio Hospitalarios, en general cargos intermedios designados por la administración del PP y con intereses en la sanidad privada, lo que sin duda a corto plazo va a facilitar la desactivación, al menos momentánea, del movimiento médico y a romper la unidad sanitaria actual.

La apuesta privatizadora y de destrucción del actual dispositivo sanitario público promovidos por el PP, es de tal envergadura que requiere acciones a más largo plazo, sostenidas en el tiempo, en las que la unidad de acción es fundamental, tratando que cada colectivo y cada sanitario aporten en la medida de sus posibilidades, y buscando y fomentando la colaboración con la ciudadanía, a través de una constante información a la misma y promoviendo su participación, ya que la población madrileña es la más interesada en evitar la destrucción planificada del sistema sanitario público y la anulación del derecho a la salud. El papel de los sindicatos de clase en esta tarea debiera alcanzar un protagonismo creciente, lo que sin duda pasa por dar un mayor protagonismo a las iniciativas de base de los trabajadores sanitarios y de la misma población, situación que no es sencilla dado el grado de burocratización en el que están inmersos los sindicatos tradicionales. Si estos no consiguen sacudirse sus limitaciones actuales y no son capa- ces de estar a la altura de las circunstancias, su papel va a ser suplido en parte por organizaciones o movimientos sindicales o sociales de nueva creación, pero con una menor implantación y por tanto menor eficacia. Que se consiga por una u otra vía el desarrollo de un movimiento de resistencia organizado a largo plazo, va a determinar el grado de destrucción del Sistema Sanitario Público.

ALGUNOS ELEMENTOS PARA COMPRENDER LA POLÍTICA SANITARIA DEL PP

Es importante tratar de comprender el momento , el alcance y las razones de esta agresiva operación de privatización y de destrucción del dispositivo sanitario público, por parte del PP. He aquí algunos elementos de reflexión:

Existe un indudable oportunismo político, que está dando al traste con la tradicional política de alianzas de la derecha con profesionales y grupos y sindicatos corporativos. La necesidad de aprovechar una coyuntura favorable, con el casi absoluto control de los resortes políticos, una vez ganadas por el PP las elecciones generales y en CC.AA., difícilmente repetible en el tiempo, sin duda les ha impulsado a acometer una complicada e impopular trasformación del sistema sanitario español, hacia un sistema privado, aprovechando la coartada de la crisis y la obediencia debida a Bruselas.

2. Existe una necesidad del PP de responder a la demanda de un creciente entramado de grupos de presión del lobby sanitario, que llevan meses posicionándose e invirtiendo en el mercado sanitario español. En los últimos meses se identifican numerosos movimientos de grupos financieros y empresariales, en torno a una posible “tarta sanitaria”:

- Se registra un importante crecimiento de las inversiones de capital-riesgo en el área de la Salud, es el más importante del país en el último año y medio (informe anual 2012 de la Asociación Española de Entidades de Capital-Riesgo ASCRI.

- Acaba de nacer el Grupo Vithas, participa- do al 80 por ciento por Goodgrower y al 20 por ciento por La Caixa, que compra 10 hospitales de Adeslas, constituyéndose en el 3o grupo hospitalario privado de España.

- El fondo de inversión británico Doughty Hanso compra al grupo USP-Quirón.

- El grupo BUPA International Health Insurance, propietario de Sanitas, compra los hospitales de Torrejón y Manises.

- El fondo de capital-riesgo británico CVC se hace con Capio y gestiona a un total de 28 centros sanitarios.

- El grupo británico Circle Holding anuncia la construcción de un hospital en Alcalá y otros dos en Barcelona y Sevilla.

- En el último año se crean instituciones coordinadoras de las empresas vinculadas a la medicina privada, como la Fundación Economía y Salud recientemente creada (Noviembre de 2012), o la Fundación IDIS (creada en primer semestre de 2012) financiada esta por más de 70 empresas, que acaba de presentar un estudio tratando de demostrar la superioridad de la medicina privada (Estudio RESA), y que promueve constantes reuniones corporativas de donde surgen peticiones al Gobierno central y autonómico sobre cómo organizar el parasitismo privado-público, como la reciente petición de desgravación fiscal para los seguros privados, la facilitación de los trasvases de enfermos entre lo privado y lo público, etc

Todos estos indicios hacían prever que se iba a comenzar el asalto al sistema sanitario público español en cualquier momento, ya que para que los holdings sanitarios internacionales el caso español supone un mal ejemplo internacional, a los ojos de los pueblos, por su eficacia y eficiencia. Y este proceso sin duda no se terminará con lo planteado hasta ahora, y posiblemente continuará a lo largo de esta legislatura, con iniciativas puntuales, tanto autonómicas como estatales. Así nos podrán sorprender en los presupuestos de 2014 con la previsible gestión privada de los hospitales de con “nuevas formas de gestión” (Ley15/97) como la Fundación Hospital Alcorcón o el hospital de Fuenlabrada, la aparición de una iniciativa para construir un hospital privado en Leganés tras las iniciativas de Móstoles y Alcalá, etc. Y a nivel estatal son previsibles modificaciones legales que permitan cerrar el círculo de la privatización y enterrar para siempre a la sanidad pública, tales como permitir la desgravación fiscal de las inversiones en seguros privados que pide el Instituto IDIS, seguida poco después de modificaciones de la Ley de Seguridad Social para permitir la libertad de aseguramiento, poniendo al nivel de la sanidad pública a otras compañías privadas de seguros. O la modificación de la Ley del Estatuto Marco, permitiendo realizar EREs en los centros sanitarios públicos, cuando estos sean “deficitarios”. La gravedad de la crisis sin duda facilitará la explicación de todas estas propuestas racionalizadoras del gasto.

Lo que no nos explicará la Ministra Mato ni el Sr Rajoy, es qué sucederá con los ciudadanos excluidos, pensionistas, enfermos crónicos, etc., que no tengan recursos para acudir a los seguros privados. D. Mariano posiblemente cambiará su “viva el vino” por “viva la beneficencia”.

De lo que nos movamos para impedir este desaguisado dependerá el sistema sanitario del futuro y la cobertura del derecho a la salud.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

No todos somos catolicos

Contra el mito popular, no es cierto que España sea hoy un país mayoritariamente católico. La “reserva espiritual de Occidente” pasó a la historia. En las encuestas aún figura un 70% de españoles que se declara como católico, pero la mayoría –alrededor del 55%– no pisa la Iglesia casi nunca y menos del 20% va a misa de domingo. El censo más exacto, el que mejor muestra el verdadero número de seguidores de la jerarquía católica en España, es el de la casilla del IRPF: solo el 35% de los contribuyentes se declaran católicos en la intimidad de sus impuestos. Son poco más de un tercio, a pesar de que España es un país donde apoyar fiscalmente a la Iglesia sale gratis. Marcar la casilla de la Iglesia no implica pagar más, a diferencia de lo que ocurre en otros países bastante más aconfesionales que el nuestro, como Alemania.

¿Cómo es posible entonces que esa minoría mantenga tantísimos privilegios? El ministro José Ignacio Wert dio ayer la respuesta en una entrevista en El País. “Es una opción política”. Wert hablaba de la asignatura de religión, pero su respuesta vale para explicar muchas más cosas. Es una decisión política que la Iglesia se libre de varios impuestos, que pueda financiarse directamente desde el IRPF, que los obispos tengan capacidad notarial para registrar hasta la Mezquita de Córdoba a su nombre o que el adoctrinamiento religioso tenga espacio en la escuela pública. Es una decisión política eliminar la educación para la ciudadanía, y que los padres tengan que elegir entre educar cristianos o ciudadanos. Es una opción política, no una ley divina, lo que permite que los profesores de religión sean unos extraños empleados públicos que cobran del Estado pero responden ante la jerarquía católica, que es quien tiene todo el poder para despedirlos o contratarlos.

Algunas cuentas. El Opus Dei, el principal centro de poder civil de la Iglesia, cuenta con poco más 90.000 miembros en todo el mundo, según sus propios datos. No se sabe cuántos de ellos son españoles, no lo detallan, pero incluso asumiendo que lo fueran todos, supondrían poco más del 0,1% de la población española. Comparen este exiguo porcentaje con su notable presencia en los núcleos de poder e influencia: en la universidad, los juzgados, los medios de comunicación, las grandes corporaciones o el Gobierno. Seguro que así se explican algunas cosas.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Relatos


El hombre que plantó árboles y creció felicidad. 

"Si uno quiere descubrir cualidades realmente excepcionales en el carácter de un ser humano, debe tener el tiempo o la oportunidad de observar su comportamiento durante varios años. Si este comportamiento no es egoísta, si está presidido por una generosidad sin límites, si es tan obvio que no hay afán de recompensa, y además ha dejado una huella visible en la tierra, entonces no cabe equivocación posible. 

Hace cuarenta años hice un largo viaje a pie a través de montañas completamente desconocidas por los turistas, atravesando la antigua región donde los Alpes franceses penetran en la Provenza. Cuando empecé mi viaje por aquel lugar todo era estéril y sin color, y la única cosa que crecía era la planta conocida como lavanda silvestre. 

Cuando me aproximaba al punto más elevado de mi viaje, y tras caminar durante tres días, me encontré en medio de una desolación absoluta y acampé cerca de los vestigios de un pueblo abandonado. Me había quedado sin agua el día anterior, y por lo tanto necesitaba encontrar algo de ella. Aquel grupo de casas, aunque arruinadas como un viejo nido de avispas, sugerían que una vez hubo allí un pozo o una fuente. La había, desde luego, pero estaba seca. Las cinco o seis casas sin tejados, comidas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con su campanario desmoronándose, estaban allí, aparentemente como en un pueblo con vida, pero ésta había desaparecido. 

Era un día de junio precioso, brillante y soleado, pero sobre aquella tierra desguarnecida el viento soplaba, alto en el cielo, con una ferocidad insoportable. Gruñía sobre los cadáveres de las casas como un león interrumpido en su comida... Tenía que cambiar mi campamento. 
Tras cinco horas de andar, todavía no había hallado agua y no existía señal alguna que me diera esperanzas de encontrarla. En todo el derredor reinaban la misma sequedad, las mismas hierbas toscas. Me pareció vislumbrar en la distancia una pequeña silueta negra vertical, que parecía el tronco de un árbol solitario. De todas formas me dirigí hacia él. Era un pastor. Treinta ovejas estaban sentadas cerca de él sobre la ardiente tierra. 

Me dio un sorbo de su calabaza-cantimplora, y poco después me llevó a su cabaña en un pliegue del llano. Conseguía el agua -agua excelente- de un pozo natural y profundo encima del cual había construido un primitivo torno. 
El hombre hablaba poco, como es costumbre de aquellos que viven solos, pero sentí que estaba seguro de sí mismo, y confiado en su seguridad. Para mí esto era sorprendente en ese país estéril. No vivía en una cabaña, sino en una casita hecha de piedra, evidenciadora del trabajo que él le había dedicado para rehacer la ruina que debió encontrar cuando llegó. El tejado era fuerte y sólido. Y el viento, al soplar sobre él, recordaba el sonido de las olas del mar rompiendo en la playa. 

La casa estaba ordenada, los platos lavados, el suelo barrido, su rifle engrasado, su sopa hirviendo en el fuego. Noté que estaba bien afeitado, que todos sus botones estaban bien cosidos y que su ropa había sido remendada con el meticuloso esmero que oculta los remiendos. Compartimos la sopa, y después, cuando le ofrecí mi petaca de tabaco, me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como él, era amigable sin ser servil. 

Desde el principio se daba por supuesto que yo pasaría la noche allí. El pueblo más cercano estaba a un día y medio de distancia. Además, ya conocía perfectamente el tipo de pueblo de aquella región... Había cuatro o cinco más de ellos bien esparcidos por las faldas de las montañas, entre agrupaciones de robles albares, al final de carreteras polvorientas. Estaban habitadas por carboneros, cuya convivencia no era muy buena. Las familias, que vivían juntas y apretujadas en un clima excesivamente severo, tanto en invierno como en verano, no encontraban solución al incesante conflicto de personalidades. La ambición territorial llegaba a unas proporciones desmesuradas, en el deseo continuo de escapar del ambiente. Los hombres vendían sus carretillas de carbón en el pueblo más importante de la zona y regresaban. Las personalidades más recias se limaban entre la rutina cotidiana. Las mujeres, por su parte, alimentaban sus rencores. Existía rivalidad en todo, desde el precio del carbón al banco de la iglesia. Y encima de todo estaba el viento, también incesante, que crispaba los nervios. Había epidemias de suicidio y casos frecuentes de locura, a menudo homicida. 

Había transcurrido una parte de la velada cuando el pastor fue a buscar un saquito del que vertió una montañita de bellotas sobre la mesa. Empezó a mirarlas una por una, con gran concentración, separando las buenas de las malas. Yo fumaba en mi pipa. Me ofrecí para ayudarle. Pero me dijo que era su trabajo. Y de hecho, viendo el cuidado que le dedicaba, no insistí. Esa fue toda nuestra conversación. Cuando ya hubo separado una cantidad suficiente de bellotas buenas, las separó de diez en diez, mientras iba quitando las más pequeñas o las que tenían grietas, pues ahora las examinaba más detenidamente. Cuando hubo seleccionado cien bellotas perfectas, descansó y se fue a dormir. 

Se sentía una gran paz estando con ese hombre, y al día siguiente le pregunté si podía quedarme allí otro día más. Él lo encontró natural, o para ser más preciso, me dio la impresión de que no había nada que pudiera alterarle. Yo no quería quedarme para descansar, sino porque me interesó ese hombre y quería conocerle mejor. Él abrió el redil y llevó su rebaño a pastar. Antes de partir, sumergió su saco de bellotas en un cubo de agua. 

Me di cuenta de que en lugar de cayado, se llevó una varilla de hierro tan gruesa como mi pulgar y de metro y medio de largo. Andando relajadamente, seguí un camino paralelo al suyo sin que me viera. Su rebaño se quedó en un valle. Él lo dejó a cargo del perro, y vino hacia donde yo me encontraba. Tuve miedo de que me quisiera censurarme por mi indiscreción, pero no se trataba de eso en absoluto: iba en esa dirección y me invitó a ir con él si no tenía nada mejor que hacer. Subimos a la cresta de la montaña, a unos cien metros. 

Allí empezó a clavar su varilla de hierro en la tierra, haciendo un agujero en el que introducía una bellota para cubrir después el agujero. Estaba plantando un roble. Le pregunté si esa tierra le pertenecía, pero me dijo que no. ¿Sabía de quién era?. No tampoco. Suponía que era propiedad de la comunidad, o tal vez pertenecía a gente desconocida. No le importaba en absoluto saber de quién era. Plantó las bellotas con el máximo esmero. Después de la comida del mediodía reemprendió su siembra. Deduzco que fui bastante insistente en mis preguntas, pues accedió a responderme. Había estado plantado cien árboles al día durante tres años en aquel desierto. Había plantado unos cien mil. De aquellos, sólo veinte mil habían brotado. De éstos esperaba perder la mitad por culpa de los roedores o por los designios imprevisibles de la Providencia. Al final quedarían diez mil robles para crecer donde antes no había crecido nada. 

Entonces fue cuando empecé a calcular la edad que podría tener ese hombre. Era evidentemente mayor de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Su nombre era Elzeard Bouffier. Había tenido en otro tiempo una granja en el llano, donde tenía organizada su vida. Perdió su único hijo, y luego a su mujer. Se había retirado en soledad, y su ilusión era vivir tranquilamente con sus ovejas y su perro. Opinaba que la tierra estaba muriendo por falta de árboles. Y añadió que como no tenía ninguna obligación importante, había decidido remediar esta situación. 

Como en esa época, a pesar de mi juventud, yo llevaba una vida solitaria, sabía entender también a los espíritus solitarios. Pero precisamente mi juventud me empujaba a considerar el futuro en relación a mí mismo y a cierta búsqueda de la felicidad. Le dije que en treinta años sus robles serían magníficos. Él me respondió sencillamente que, si Dios le conservaba la vida, en treinta años plantaría tantos más, y que los diez mil de ahora no serían más que una gotita de agua en el mar. 

Además, ahora estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía un semillero con hayucos creciendo cerca de su casita. Las plantitas, que protegía de las ovejas con una valla, eran preciosas. También estaba considerando plantar abedules en los valles donde había algo de humedad cerca de la superficie de la tierra. 
Al día siguiente nos separamos. 

Un año más tarde empezó la Primera Guerra Mundial, en la que yo estuve enrolado durante los siguientes cinco años. Un «soldado de infantería» apenas tenía tiempo de pensar en árboles, y a decir verdad, la cosa en sí hizo poca impresión en mí. La había considerado como una afición, algo parecido a una colección de sellos, y la olvidé. 

Al terminar la guerra sólo tenía dos cosas: una pequeña indemnización por la desmovilización, y un gran deseo de respirar aire fresco durante un tiempo. Y me parece que únicamente con este motivo tomé de nuevo la carretera hacia la «tierra estéril». 

El paisaje no había cambiado. Sin embargo, más allá del pueblo abandonado, vislumbré en la distancia un cierto tipo de niebla gris que cubría las cumbres de las montañas como una alfombra. El día anterior había empezado de pronto a recordar al pastor que plantaba árboles. «Diez mil robles -pensaba- ocupan realmente bastante espacio». Como había visto morir a tantos hombres durante aquellos cinco años, no esperaba hallar a Elzeard Bouffier con vida, especialmente porque a los veinte años uno considera a los hombres de más de cincuenta como personas viejas preparándose para morir... Pero no estaba muerto, sino más bien todo lo contrario: se le veía extremadamente ágil y despejado: había cambiado sus ocupaciones y ahora tenía solamente cuatro ovejas, pero en cambio cien colmenas. Se deshizo de las ovejas porque amenazaban los árboles jóvenes. Me dijo -y vi por mí mismo- que la guerra no le había molestado en absoluto. Había continuado plantando árboles imperturbablemente. Los robles de 1.910 tenían entonces diez años y eran más altos que cualquiera de nosotros dos. Ofrecían un espectáculo impresionante. Me quedé con la boca abierta, y como él tampoco hablaba, pasamos el día en entero silencio por su bosque. Las tres secciones medían once kilómetros de largo y tres de ancho. Al recordar que todo esto había brotado de las manos y del alma de un hombre solo, sin recursos técnicos, uno se daba cuenta de que los humanos pueden ser también efectivos en términos opuestos a los de la destrucción... 

Había perseverado en su plan, y hayas más altas que mis hombros, extendidas hasta el límite de la vista, lo confirmaban. me enseñó bellos parajes con abedules sembrados hacía cinco años (es decir, en 1.915), cuando yo estaba luchando en Verdún. Los había plantado en todos los valles en los que había intuido -acertadamente- que existía humedad casi en la superficie de la tierra. Eran delicados como chicas jóvenes, y estaban además muy bien establecidos. 

Parecía también que la naturaleza había efectuado por su cuenta una serie de cambios y reacciones, aunque él no las buscaba, pues tan sólo proseguía con determinación y simplicidad en su trabajo. Cuando volvimos al pueblo, vi agua corriendo en los riachuelos que habían permanecido secos en la memoria de todos los hombres de aquella zona. Este fue el resultado más impresionante de toda la serie de reacciones: los arroyos secos hacía mucho tiempo corrían ahora con un caudal de agua fresca. Algunos de los pueblos lúgubres que menciono anteriormente se edificaron en sitios donde los romanos habían construido sus poblados, cuyos trazos aún permanecían. Y arqueólogos que habían explorado la zona habían encontrado anzuelos donde en el siglo XX se necesitaban cisternas para asegurar un mínimo abastecimiento de agua. 

El viento también ayudó a esparcir semillas. Y al mismo tiempo que apareció el agua, también lo hicieron sauces, juncos, prados, jardines, flores y una cierta razón de existir. Pero la transformación se había desarrollado tan gradualmente que pudo ser asumida sin causar asombro. Cazadores adentrándose en la espesura en busca de liebres o jabalíes, notaron evidentemente el crecimiento repentino de pequeños árboles, pero lo atribuían a un capricho de la naturaleza. Por eso nadie se entrometió con el trabajo de Elzeard Bouffier. Si él hubiera sido detectado, habría tenido oposición. Pero era indetectable. Ningún habitante de los pueblos, ni nadie de la administración de la provincia, habría imaginado una generosidad tan magnífica y perseverante. 

Para tener una idea más precisa de este excepcional carácter no hay que olvidar que Elzeard trabajó en una soledad total, tan total que hacía el final de su vida perdió el hábito de hablar, quizá porque no vio la necesidad de éste. 

En 1.933 recibió la visita de un guardabosques que le notificó una orden prohibiendo encender fuego, por miedo a poner en peligro el crecimiento de este bosque natural. Esta era la primera vez -le dijo el hombre- que había visto crecer un bosque espontáneamente. En ese momento, Bouffier pensaba plantar hayas en un lugar a 12 Km. de su casa, y para evitar las ideas y venidas (pues contaba entonces 75 años de edad), planeó construir una cabaña de piedra en la plantación. Y así lo hizo al año siguiente. 
En 1.935 una delegación del gobierno se desplazó para examinar el «bosque natural». La componían un alto cargo del Servicio de Bosques, un diputado y varios técnicos. Se estableció un largo diálogo completamente inútil, decidiéndose finalmente que algo se debía hacer... y afortunadamente no se hizo nada, salvo una única cosa que resultó útil: todo el bosque se puso bajo la protección estatal, y la obtención del carbón a partir de los árboles quedó prohibida. De hecho era imposible no dejarse cautivar por la belleza de aquellos jóvenes árboles llenos de energía, que a buen seguro hechizaron al diputado. 

Un amigo mío se encontraba entre los guardabosques de esa delegación y le expliqué el misterio. Un día de la semana siguiente fuimos a ver a Elzeard Bouffier. Lo encontramos trabajando duro, a unos diez kilómetros de donde había tenido lugar la inspección. 

El guardabosques sabía valorar las cosas, pues sabía cómo mantenerse en silencio. Yo le entregué a Elzeard los huevos que traía de regalo. Compartimos la comida entre los tres y después pasamos varias horas en contemplación silenciosa del paisaje... 

En la misma dirección en la que habíamos venido, las laderas estaban cubiertas de árboles de seis a siete metros de altura. Al verlos recordaba aún el aspecto de la tierra en 1.913, un desierto... y ahora, una labor regular y tranquila, el aire de la montaña fresco y vigoroso, equilibrio y, sobre todo, la serenidad de espíritu, habían otorgado a este hombre anciano una salud maravillosa. Me pregunté cuántas hectáreas más de tierra iba a cubrir con árboles. 

Antes de marcharse, mi amigo hizo una sugerencia breve sobre ciertas especies de árboles para los que el suelo de la zona estaba especialmente preparado. No fue muy insistente; «por la buena razón -me dijo más tarde- de que Bouffier sabe de ello más que yo». Pero, tras andar un rato y darle vueltas en su mente, añadió: «¡y sabe mucho más que cualquier persona, pues ha descubierto una forma maravillosa de ser feliz!». 
Fue gracias a ese hombre que no sólo la zona, sino también la felicidad de Bouffier fue protegida. Delegó tres guardabosques para el trabajo de proteger la foresta, y les conminó a resistir y rehusar las botellas de vino, el soborno de los carboneros. 

El único peligro serio ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. Como los coches funcionaban con gasógeno, mediante generadores que quemaban madera, nunca había leña suficiente. La tala de robles empezó en 1.940, pero la zona estaba tan lejos de cualquier estación de tren que no hubo peligro. El pastor no se enteraba de nada. Estaba a treinta kilómetros, plantando tranquilamente, ajeno a la guerra de 1.939 como había ignorado la de 1.914. 

Vi a Elzeard Bouffier por última vez en junio de 1.945. Tenía entonces ochenta y siete años. Volví a recorrer el camino de la «tierra estéril»; pero ahora en lugar del desorden que la guerra había causado en el país, un autobús regular unía el valle del Durance y la montaña. No reconocí la zona, y lo atribuí a la relativa rapidez del autobús... Hasta que vi el nombre del pueblo no me convencí de que me hallaba realmente en aquella región, donde antes sólo había ruinas y soledad. 

El autobús me dejó en Vergons. En 1.913 este pueblecito de diez o doce casas tenía tres habitantes, criaturas algo atrasadas que casi se odiaban una a otra, subsistiendo de atrapar animales con trampas, próximas a las condiciones del hombre primitivo. Todos los alrededores estaban llenos de ortigas que serpenteaban por los restos de las casas abandonadas. Su condición era desesperanzadora, y una situación así raramente predispone a la virtud. 

Todo había cambiado, incluso el aire. En vez de los vientos secos y ásperos que solían soplar, ahora corría una brisa suave y perfumada. Un sonido como de agua venía de la montaña. Era el viento en el bosque; pero más asombro era escuchar el auténtico sonido del agua moviéndose en los arroyos y remansos. Vi que se había construido una fuente que manaba con alegre murmullo, y lo que me sorprendió más fue que alguien había plantado un tilo a su lado, un tilo que debería tener cuatro años, ya en plena floración, como símbolo irrebatible de renacimiento. 

Además, Vergons era el resultado de ese tipo de trabajo que necesita esperanza, la esperanza que había vuelto. Las ruinas y las murallas ya no estaban, y cinco casas habían sido restauradas. Ahora había veinticinco habitantes. Cuatro de ellos eran jóvenes parejas. Las nuevas casas, recién encaladas, estaban rodeadas por jardines donde crecían vegetales y flores en una ordenada confusión. Repollos y rosas, puerros y margaritas, apios y anémonas hacían al pueblo ideal para vivir. 

Desde ese sitio seguí a pie. La guerra, al terminar, no había permitido el florecimiento completo de la vida, pero el espíritu de Elzeard permanecía allí. En las laderas bajas vi pequeños campos de cebada y de arroz; y en el fondo del valle verdeaban los prados. 

Sólo fueron necesarios ocho años desde entonces para que todo el paisaje brillara con salud y prosperidad. Donde antes había ruinas, ahora se encontraban granjas; los viejos riachuelos, alimentados por las lluvias y las nieves que el bosque atrae, fluían de nuevo. Sus aguas alimentaban fuentes y desembocan sobre alfombras de menta fresca. Poco a poco, los pueblecitos se habían revitalizado. Gentes de otros lugares donde la tierra era más cara se habían instalado allí, aportando su juventud y su movilidad. Por las calles uno se topaba con hombres y mujeres vivos, chicos y chicas que empezaban a reír y que habían recuperado el gusto por las excursiones. Si contábamos la población anterior, irreconocible ahora que gozaba de cierta comodidad, más de diez mil personas debían en parte su felicidad a Elzeard Bouffier. 
Por eso, cuando reflexiono sobre aquel hombre armado únicamente por sus fuerzas físicas y morales, capaz de hacer surgir del desierto esa tierra de Canán, me convenzo de que a pesar de todo la humanidad es admirable. Cuando reconstruyo la arrebatadora grandeza de espíritu y la tenacidad y benevolencia necesaria para dar lugar a aquel fruto, me invade un respeto sin límites por aquel hombre anciano y supuestamente analfabeto, un ser que completó una tarea digna de Dios. 
(Elzeard Bouffier murió pacíficamente en 1.947 en el hospicio de Banon)."