Retrocediendo al siglo XIX
“Cada vez más gente está expuesta a que una mínima vicisitud les hunda en la pobreza”.
Stiglitz
Decía el historiador británico Eric Hobsbawm que si hubo un factor que determinó las vidas de los obreros del siglo XIX, ese fue la inseguridad. Al comienzo de la semana no sabían cuánto dinero podrían llevar a sus casas. No sabían cuánto iba a durar su trabajo, o, si lo perdían, cuándo podrían conseguir otro empleo o bajo qué condiciones. Si caían enfermos, quedaban desempleados o cuando envejecían no tenían ningún tipo de ayuda... [1]. Ahora, casi dos siglos después volvemos a estar en una situación de una imprecisión profunda en bastantes supuestos.
Estaba cantado que la brutal poda de derechos laborales de la reforma laboral del PP no iba a servir para crear empleo, como pasó con las anteriores. Por el contrario ha degradado las condiciones de trabajo y los derechos laborales hasta niveles insospechados: despido libre y casi gratuito, abaratamiento de los salarios, precariedad en el empleo en el mejor de los casos, convenios colectivos bloqueados y bajo el riesgo de perder la ultraactividad, etc. En resumen, que seguimos teniendo a uno de cada cuatro trabajadores en paro, el empleo que se crea es precario y muchas veces no da para poder vivir con él.
La reforma laboral ha sido muy útil también para reforzar el poder empresarial. Veamos unos ejemplos concretos, que muchas veces son más elocuentes que los grandes análisis. En un Carrefour del centro de Madrid la cajera pedía que el cliente, después de pagar, apretara un botón (rojo, con una cara de enfado; o verde, con sonrisa) para valorar el trato recibido. Toda la relación mantenida con la cajera se había limitado al saludo inicial, colocar los productos en una cinta transportadora, pasarlos por un lector electrónico, dar la suma total y preguntar si se quería bolsa. Por ello, la duda que surge es ¿cuál es la función de apretar el botón? ¿qué quieren que valoremos? ¿una sonrisa de bailarina en una persona que quizá lleve 8 horas sentada ante una caja, haciendo un trabajo alienante y mal pagado?. En realidad ¿no será una forma más de presión de la empresa sobre la trabajadora, de un control estresante con el que la están recordando que su trabajo dependerá de la decisión de los clientes o de quién controle los resultados de la votación? Me parece demencial. Quizá porque la empresa sabe que la vulnerabilidad del trabajador es tal que cualquier percance que suponga la pérdida del empleo, por cutre que sea, puede poner a esa persona en un estadio de paro de larga duración.
Otro ejemplo colectivo es el de la empresa multinacional Coca Cola. Con beneficios en España de más de 900 millones de euros anuales, pretendía despedir a 1.190 trabajadores y proceder a cerrar plantas muy rentables como Fuenlabrada, solo porque quiere ganar más aún y prescindir de una plantilla que ha ido consiguiendo mejoras laborales y salariales que molestan a la patronal en la ley de la selva en la que han convertido el mercado de trabajo español [2]. Afortunadamente0 los trabajadores han ganado la sentencia de los tribunales y ahora están a la espera de que éstos dictaminen la ejecución y cumplimiento de la sentencia en el mes de noviembre. Mientras tanto, no esperan: siguen luchando todos los días.
También está el caso que conozco de una persona joven, formada, trabajadora y competente. Después de dejarse la piel en el trabajo, de conocer cómo su capacidad de iniciativa y de propuesta ha permitido abrir nuevas oportunidades de negocio, y tras acabar un máster se atrevió a plantear a la empresa que quizá deberían de reconocer su dedicación y formación. Solo pedía que la hicieran un contrato ordinario y abandonar la situación de becaria. La respuesta del responsable de la empresa fue: “Estás madurando María. Ha llegado la hora de que te busques otro trabajo”. Autoritarismo empresarial y reforma laboral, una bomba para los trabajadores que ha convertido el mercado de trabajo en un horror.
Por último, otra situación sangrante que hemos conocido por la trascendencia social del caso es el de Teresa Romero y el equipo que la ha tratado contra el ébola. Teresa, ya infectada por el virus, se tuvo que presentar a unas oposiciones este verano. Sin contar al jefe de servicio, cuatro de los cinco médicos que la han curado son eventuales. Llevan de cuatro a nueve años encadenando sus contratos cada seis meses uno de los equipos con más experiencia del mundo en el tratamiento de enfermedades tropicales. Teresa y sus médicos, y el resto del personal sanitario, han vencido al ébola, pero no está claro que venzan a la precariedad, aunque las autoridades les condecoren con medallas. Una auténtica vergüenza.
Hobsbawm también decía que a aquel trabajador del siglo XIX se le planteaban tres opciones: a) hacerse burgués, equivalente a lo de volverse emprendedor que se vende ahora; algo al alcance de muy pocos porque no disponían de capital ni de formación y contactos; b) la desmoralización, a través del alcohol y otras formas de evasión-enajenación, hasta el punto que se llamaba a la taberna la “iglesia del obrero”; c) organizarse y luchar, algo que hicieron en las organizaciones obreras. Básicamente las opciones siguen siendo las mismas, de ahí la importancia y la necesidad que siguen teniendo, a pesar de todos los pesares, los sindicatos y los partidos de la izquierda. Sin ellos, nadie está seguro en su puesto de trabajo, ni tiene garantía de sus derechos y en cualquier momento puede escuchar su despido fulminante de forma brusca o cínica, que igual da. Como dice Stiglitz “cada vez más gente está expuesta a que una mínima vicisitud les hunda en la pobreza”[3]. La inseguridad no puede ser el precio que paguemos en el mundo del capitalismo para la riqueza de unos pocos.
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